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20/06/20 - 20 de JUNIO

Belgrano, entre la gloria y el olvido

Hoy, se cumplen 200 años del fallecimiento del General Manuel Belgrano, y el Lic. Eduardo Carelli, en esta nota, nos comparte una crónica de la historia.





No se sabe exactamente cuál es el origen del apellido Belgrano, algunos creen que se remonta a una anécdota en la que un notable, en un tiempo no registrado, pasando por la tierras de Oneglia, en la provincia de Imperia, Región de Liguria, al noroeste de Italia, donde nacería el padre del prócer, le habría gritado a su propietario “¡Che bel grano!” -¡qué bello grano!-, lo que se convirtió en el sobrenombre del agricultor primero y luego en su apellido.



Lo cierto que Domenico Francesco Gaetano Belgrano Peri, tal el nombre del padre de Belgrano, instalado en Buenos Aires en 1754, se casó con María Josefa González Casero, una porteña que procedía de una familia afincada anteriormente en Santiago del Estero.



Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González, el futuro creador de la bandera, nació el 3 de junio de 1770 y tuvo una formación cuando menos universalista. A los 14 años ya estudiaba en el Real Convictorio Carolino o Real Colegio de San Carlos, ubicado en la recuperada arquitectónicamente “Manzana de las Luces”, llamada así por las luminarias que pasaron por las aulas del lugar y donde integró una de las primeras camadas de egresados, diplomándose como licenciado en Filosofía.



Domenico, un hombre rico en la época y que vivía al frente de la Iglesia y Convento de Santo Domingo, de la que solo lo separaba la calle Defensa, decidió que el joven Manuel se fuera a formar a Europa en alguna disciplina que lo preparara para luego colaborar con el manejo de los negocios de la familia. 



En España estudiaría en las universidades de Salamanca y Valladolid, donde no respetaría el mandato familiar y se recibiría de Bachiller en Leyes, lo que lo habilitó para ejercer la abogacía. Como alumno aventajado y profesional brillante, obtuvo del Papa Pio VI la autorización para acceder y leer todo tipo de literatura prohibida.



Pero pronto otra disciplina atrajo su atención: la teoría económica. Estando en España se produjo un hecho trascendental que cambiaría la historia de Europa y el mundo: la Revolución Francesa. A partir de ese momento se involucró con sus ideales, particularmente con la idea de libertad, que reforzó con la lectura de Montesquieu, Rousseau, los españoles Jovellanos y Campomanes y los italianos Ferdinando Galiani y Antonio Genovesi -ambos economistas- y el educador Gaetano Filangieri. También se sintió atraído por Adam Smith, padre del liberalismo económico y que proponía un nuevo orden social. Descontando a los españoles, a todos los leyó en su lengua original.



Ante la intención de encontrar un camino para el desarrollo económico del Virreinato del Río de la Plata, y al dominar perfectamente el francés, se sumergió en la lectura de los textos de los teóricos fisiócratas, la escuela económica predominante en Francia durante el siglo XVIII que había penetrado con fuerza en España de la mano de la Casa Real de Borbón, los reyes de origen galo que gobernaban nuestra madre patria desde el año 1700.



Rápidamente, el joven abogado notó la importancia de estas teorías nacidas de la mano de François Quesnay, un médico cirujano que cuidaba de la salud de Luis XV y que entendía que la riqueza de un país residía en la producción agrícola. Creía que ésta es la que echaba a andar el resto de la economía mediante la circulación de la riqueza obtenida. Toda esta idea se ajustaba perfectamente a las posibilidades de desarrollo del lugar donde había nacido.



Así, tradujo al castellano una obra del propio Quesnay denominada “Máximas Generales del Gobierno Económico de un Reino Agricultor” y ya de vuelta en Buenos Aires leyó escritos del padre Francisco de Vitoria, aquél que proponía que el verdadero poseedor de la soberanía era el pueblo, lectura a la que habría arribado aparentemente por influencia de su primo, Juan José Castelli, quien lo acompañaría en la Junta de Mayo.



También se sintió impactado por la “Oración de Despedida”, un texto escrito por George Washington con la colaboración de Alexander Hamilton y James Madison, que le acercara David Curtis de Forest, el cónsul de los Estados Unidos en Buenos Aires, y que el propio Belgrano tradujo al castellano con la colaboración de su médico personal, el estadounidense -o quizá escocés- Joseph J. T. Redhead,  y enviara a Buenos Aires a que se imprimiera momentos antes de la famosa batalla de Salta, ocurrida el 20 de febrero de 1813.



Se lo nombró, en junio de 1794 y mientras aún estaba en Europa, Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Desde allí intentó transformar la economía, pero comprendió que para ello era necesario promover la educación, a los efectos de desarrollar la inteligencia, herramienta fundamental para lograr el crecimiento industrial de una nación. También desde ese lugar fundaría la Escuela de Náutica, la Academia de Geometría y Dibujo y colaboraría con el nacimiento del “Telégrafo Mercantil”, el primer periódico de Buenos Aires.



Promovió el “Carlotismo”, una propuesta política para colocar a la infanta Carlota Joaquina, hermana del Fernando VII, el rey de España depuesto y encarcelado por Napoleón Bonaparte, al frente de estas tierras. Lo hizo con la intención de que el Virreinato del Río de la Plata obtuviera una autonomía mayor y quizá hasta la independencia. La idea no era irreflexiva, ya que por entonces la infanta se encontraba en Río de Janeiro por ser la esposa del príncipe regente Juan VI de Portugal que, por la invasión francesa a su país, gobernaba la gran colonia lusa de América, a la que convirtió en reino.



Ya en época patria, encabezó en 1811 las campañas al Paraguay y a la Banda Oriental. Creó la Bandera y la enarboló a orillas del Paraná el 27 de febrero de 1812. Comandó el Ejército del Norte obteniendo los triunfos de Tucumán y Salta, pero fue derrotado en Vilcapugio y Ayohuma. Entre 1814 y 1815 viajó a Europa en una larga misión diplomática de la que terminó convenciéndose de la necesidad de tener como forma de gobierno una monarquía parlamentaria y hasta pensó en la conveniencia de imitar una estructura gubernamental, legislativa y un modelo de sociedad como el británico.



En lo últimos años de su vida volvió a comandar el Ejército del Norte pero, intuyendo la guerra civil que se avecinaba, dejó el mando en 1819. Algún tiempo después, y con ayuda de Redhead, viajaría a Buenos Aires, ya gravemente afectado de hidropesía y probablemente enfermo de Chagas, para morir a poco de cumplir los 50 años, dejando dos hijos a los que no vio crecer.



El 20 de junio de 2020 se cumplirían 200 años de su fallecimiento. Determinante en la “Revolución de Mayo” y en la “Declaración de la Independencia” ocurrida durante el Congreso de Tucumán, donde en una sesión secreta llegó a proponer la adopción de una monarquía incaica como forma de gobierno. Dio todo por el incipiente país sin pedir nada a cambio. Murió en la casa en la que nació, en la pobreza, a la que llevó también a su familia. Con el mármol de un mueble se improvisó una lápida que simplemente decía “Aquí yace el General Belgrano”.



Queda su ejemplo de hombre ilustrado y sacrificado patriota.